LUCIEN MORETTI
El cuerpo pesado de Gastón Santori cayó al suelo de piedra con un golpe sordo. Dos de nuestros hombres lo amarraron con cadenas gruesas, asegurando cada brazo y cada pierna hasta dejarlo inmóvil, como el animal que era. Jadeaba, escupiendo sangre, pero todavía tenía la desfachatez de mirar con soberbia.
Lo observé un segundo, con el frío en mis venas bien marcado. Este era el hombre que había condenado niños, que había matado a su propia esposa, que había convertido a sus hijos e