LUCIEN MORETTI
El olor a sangre y ácido llenaba la sala. El cuerpo de Gastón Santori, reducido a un muñeco grotesco, se agitaba en la mesa como un animal atrapado. Sus ojos desorbitados parecían implorar, pero ya no quedaba nadie que escuchara.
Anny se acercó con calma, levantando la mano de ese monstruo y tomando un bisturí.
—Creo que es hora de empezar con lo bueno… —dijo, mientras de un corte limpio le arrancaba uno de los dedos—. La primera botellita.
Marie asintió, tomando el control con u