SILVANO DE SANTIS
La casa olía a polvo, madera rota y pintura vieja, aunque en realidad había más olor a trabajo que a destrucción. Afuera, el ruido de taladros, golpes de martillo y voces de obreros se mezclaba con el rugido de una sierra cortando metal.
El portón principal era ya un recuerdo: lo habían derribado con explosivos, y ahora no quedaba más que el hueco y los escombros. La pared perimetral estaba abierta como una herida mal cerrada. Cada vez que miraba ese boquete, sentía la misma r