LUCIEN MORETTI
Lo primero que sentí fue el peso en mi mano. No era dolor, ni el ardor de las costillas, ni el latido constante en mi frente. Era algo tibio, suave, inmóvil.
Abrí los ojos despacio. La luz de la habitación era tenue, filtrada por las cortinas cerradas. Y ahí estaba ella.
Addy, sentada en una silla al lado de la cama, con la cabeza apoyada en el colchón, sus dedos entrelazados con los míos. Su respiración era tranquila, pero su postura la delataba: no se había movido en horas, esp