ANNELISSE DE FILIPI
No recuerdo cómo fue que llegamos al hospital. Sé que Silvano conducía como si los frenos no existieran y que yo iba con las manos apretadas sobre mis piernas, las uñas clavadas en la piel y mi lágrimas cayendo sin parar. Lo único que podía escuchar era mi propia respiración, acelerada, y el latido ensordecedor en mis oídos.
Cuando doblamos hacia la entrada, vi a través de las ventanas de la clínica a Addy, sentada junto a la cama de Lucien.
Yo no quería ser quien diera est