CARLA MORELOS
Me miré en el espejo antes de salir de mi habitación. Tenía el cabello aún húmedo, el rostro encendido, y la piel todavía me ardía como si Damian me hubiera tatuado con sus manos. Me mordí el labio. Cálmate, Carla, me dije. Afuera todos estaban despiertos, trabajando para la guerra, y lo último que necesitaba era que alguien notara… esto.
Cerré la puerta con cuidado —con seguro, esta vez; aprendí la lección— y caminé por el pasillo rumbo a la cocina. Necesitaba café, azúcar y algo