DUEÑO DE SERAPHIM
El silencio del despacho era insoportable.
El reloj en la pared marcaba las 08:00 y cada tic-tac era un cuchillo que me raspaba los nervios. Encendí otro cigarro con la colilla aún humeante del anterior. El humo llenó el aire pesado de madera y cuero, como si quisiera tapar la pestilencia de fracaso que ya podía oler.
Tenía tres pantallas encendidas frente a mí. Tres ventanas al infierno.
La primera mostraba el saldo consolidado de las cuentas principales: 0.00. La segunda, la