CARLA MORELOS
La sala de sistemas era un santuario en medio del caos. Las pantallas frente a nosotros vomitaban datos: rutas de escape, cámaras de seguridad vulneradas, comunicaciones interceptadas. Tiffany tecleaba con esa frialdad elegante que siempre me impresionaba, como si escribir código fuera tocar un piano. Oliver, a su lado, tenía los ojos fijos en un tablero de operaciones que mostraba puntos rojos encendiéndose y apagándose como si fueran latidos.
Yo intentaba mantener la calma, aunq