Más de 20 años atrás
La lluvia caía con fuerza aquella noche, golpeando los ventanales de la vieja mansión con dedos fríos y obstinados. Martina estaba sentada en la sala principal, junto a la chimenea que apenas lograba vencer el frío del invierno siciliano. El fuego crepitaba, pero no lograba calentarle el alma. Llevaba horas con la mirada perdida, las manos crispadas en el regazo, los ojos rojos de tanto llorar.
Había vuelto a discutir con Adriano. Otra vez.
Se había repetido el mismo argumento, las mismas súplicas que ella le había hecho tantas veces antes:
—Podríamos irnos lejos… dejar todo esto… empezar de cero —le había dicho, con la voz quebrada, casi suplicante.
Adriano había respondido con ese silencio denso, impenetrable, hasta que finalmente habló, con ese tono sereno que la desesperaba más que cualquier grito:
—No puedo, Martina. Esta vida es lo que soy. Lo que siempre seré.
No había más que decir. El peso de su apellido, de los negocios, de las lealtades y las guerras e