La brisa del amanecer entraba por los balcones de la villa, cargada de un frescor que parecía anunciar un tiempo distinto. Chiara se incorporó lentamente, el cabello cayéndole en ondas sobre los hombros, aún con el rostro adormilado, pero con una serenidad nueva en sus ojos. El peso de los recuerdos se había aligerado, como si en la madrugada se hubieran deshecho los últimos nudos de un pasado que, hasta hacía poco, parecía insalvable.
Adriáno estaba de pie, frente a la ventana, con la camisa a