Chiara sintió que el frío comenzaba a invadir la habitación. Estaba nuevamente en el santuario, ese lugar donde el silencio era casi sagrado y donde el aroma a madera antigua y cera derretida parecía envolverlo todo. A pesar de la tranquilidad, había algo inquietante en ese sitio, una sensación que se metía bajo la piel. Adriano seguía en una reunión con sus hombres, voces lejanas en otro rincón de la casa, así que ella tenía tiempo para estar sola.
Se acercó al escritorio y tomó el diario. El diario de Martina. Sus dedos acariciaron la tapa gastada antes de abrirlo. Había leído fragmentos antes, pero algo dentro de ella —curiosidad, o tal vez un extraño llamado— la impulsaba a seguir.
Diario de Martina
Hoy llegó tarde, demasiado tarde. Me dijeron que estuvo en otra de sus reuniones con los demás mafiosos. Odio esto. Odio que no quiera dejar esta vida. Podríamos ser tan felices… irnos lejos, empezar de cero.
Chiara siguió leyendo, las palabras como un eco lejano que parecía tener vida