Chiara sintió que el frío comenzaba a invadir la habitación. Estaba nuevamente en el santuario, ese lugar donde el silencio era casi sagrado y donde el aroma a madera antigua y cera derretida parecía envolverlo todo. A pesar de la tranquilidad, había algo inquietante en ese sitio, una sensación que se metía bajo la piel. Adriano seguía en una reunión con sus hombres, voces lejanas en otro rincón de la casa, así que ella tenía tiempo para estar sola.
Se acercó al escritorio y tomó el diario. El