La tarde en Palermo parecía inocente. El cielo, teñido de un azul claro, apenas dejaba pasar el calor suave del final del verano. Las calles bullían de gente, vendedores ambulantes ofrecían frutas, pan recién horneado, especias traídas del puerto. Pero bajo esa apariencia pintoresca, la ciudad guardaba secretos que nadie decía en voz alta. Palermo era como un tablero de ajedrez: cada esquina, cada familia, cada mirada podía significar lealtad o traición.
Chiara caminaba sola, con paso firme, h