DAGAS, PAPA Y SU ESPOSA

—¡Ah! —Alexandra gritó cuando la primera daga chocó contra la madera de la gran rueda.

Gabriel bajó el brazo de inmediato.

—Esto no va a funcionar —bufó, girándose hacia Helena—. Ella no va a salir en el acto. Se cancela.

—No —respondió Helena con frialdad—. El acto debe seguir. Esto atraerá público.

Gabriel apretó los dientes y volvió junto a Alexandra. Le habló bajo, firme, marcándole el ritmo de la respiración. Lanzó de nuevo. Esta vez la daga cayó mejor, pero el temblor de Alexandra no desapareció.

—Para —ordenó Helena de pronto—. Baja.

Alexandra lo miró, confundida.

—¿Qué?

—Dije que bajes —repitió Helena, impaciente.

Gabriel se interpuso de inmediato.

—No tienes derecho—

—Sí lo tengo —lo cortó ella—. Porque tú estás entrenando con miedo. Y el miedo mata el espectáculo.

Helena empujó con decisión la rueda hasta detenerla por completo y, sin pedir permiso, soltó a Alexandra de las correas.

—Ve a sentarte —le dijo, seca—. Aprende mirando.

Antes de que Gabriel pudiera reaccionar, Hel
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