Gabriel no iba a olvidar lo que Helena le hizo a Alexandra. No después de verla en una cama de hospital, conectada a monitores, con el miedo aún latiéndole en los ojos aunque intentara ser fuerte. No después de escuchar el disparo una y otra vez en su cabeza.
Movió contactos. Muchos más de los que cualquiera creería que tenía alguien “del circo”. Exmilitares, investigadores privados, gente que no hacía preguntas innecesarias. No eran matones improvisados; eran hombres acostumbrados a rastrear,