La noche ya no era silenciosa.
Para Helena, latía.
Caminaba entre las sombras del circo vacío, con el vestido aún impregnado del olor a humo y a serrín, pero el pecho le ardía como si estuviera en llamas. Cada risa lejana, cada luz que se apagaba, le recordaba lo mismo: Gabriel ya no era suyo.
Y no lo soportaba.
Entró a su caravana y cerró la puerta de un golpe seco. Apoyó la frente contra la madera, respirando con dificultad. No lloró. Helena no lloraba. Lo suyo era algo más peligroso.
—Se casó… —susurró, incrédula—. Se atrevió a casarse.
Se incorporó y comenzó a caminar de un lado a otro, descalza, como una fiera enjaulada. Las imágenes se le clavaban en la mente: Gabriel sonriendo, Gabriel besando a Alexandra sin vergüenza, Gabriel mirándola como si el mundo se ordenara alrededor de ella.
Eso no era amor.
Eso era una traición.
Helena se detuvo frente al espejo. Su reflejo la observó con los ojos brillantes, febriles.
—No te eligió porque seas mejor —le dijo a su propia imagen—. T