La noche ya no era silenciosa.
Para Helena, latía.
Caminaba entre las sombras del circo vacío, con el vestido aún impregnado del olor a humo y a serrín, pero el pecho le ardía como si estuviera en llamas. Cada risa lejana, cada luz que se apagaba, le recordaba lo mismo: Gabriel ya no era suyo.
Y no lo soportaba.
Entró a su caravana y cerró la puerta de un golpe seco. Apoyó la frente contra la madera, respirando con dificultad. No lloró. Helena no lloraba. Lo suyo era algo más peligroso.
—Se ca