Julián me acorraló contra el azulejo frío con una brusquedad que me cortó el aliento. El agua caliente golpeaba nuestras espaldas con una fuerza salvaje, creando una cortina de vapor tan densa que el resto del baño desapareció; solo quedábamos nosotros dos, atrapados en una burbuja de calor y pecado. Su cuerpo era una barrera infranqueable de músculo y fuego, una presencia que me intimidaba y me atraía con la misma intensidad violenta.
—Eres traviesa, Valentina, y eso me encanta —susurró contra