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El sol de la tarde caía con un peso sofocante sobre el rancho, pero yo sentía un frío que no se me quitaba con nada. Después del caos con Isabella, necesitaba aire, espacio y, sobre todo, silencio. Sebastián, el profesor de Leo, terminó la clase y me propuso llevar al niño a la piscina. Me pareció la mejor idea del mundo. Llamé a una de las sirvientas para que bajara con nosotros; no quería quitarle la vista de encima a Leo ni un segundo, y menos ahora que sentía que el peligro acechaba detrás
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