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Sentí el pinchazo de la aguja en mi frente y cerré los ojos con fuerza, dejando que el olor a antiséptico, alcohol y el frío metálico de la sala de urgencias me borraran por un momento la imagen de la camioneta destrozada. Julián no me soltaba la mano; su agarre era rudo, casi doloroso, pero era lo único que me mantenía anclada a la realidad. Cada vez que la doctora pasaba el hilo, él soltaba un gruñido bajo, un sonido gutural que nacía en su pecho, como si los puntos se los estuvieran dando a
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