La casa de Careyes no era un hogar; era una vitrina de cristal suspendida sobre el rugido del Pacífico. El aire aquí no olía a tierra seca y agave como en la hacienda, sino a salitre, a humedad selvática y a una libertad que me resultaba irónica. Estaba en el paraíso, pero las cadenas seguían apretando, aunque ahora fueran de oro.
Eran las diez de la mañana y el sol ya caía con un peso plomo sobre la terraza de mármol blanco. Julián se había instalado en una de las tumbonas de madera teca desde