El silencio en el rancho después de que Julián se fue no duró mucho. Yo estaba en la sala, tratando de concentrarme en un té que la señora Ortega me había preparado para los nervios, cuando escuché el rugido de un motor conocido. No era la jeepeta de Julián. Era ese sonido agudo y prepotente de la camioneta de Isabella.
Sentí un escalofrío, pero no de miedo, sino de pura rabia. Me puse de pie justo cuando la puerta principal se abría sin que nadie tocara. Isabella entró como si fuera la dueña,