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El motor de la camioneta todavía rugía con la potencia de un animal herido. Julián manejaba con una mano apretando el volante y la otra hundida en mi muslo, como si necesitara recordarme a cada segundo que seguía siendo suya después de lo que habíamos hecho en el valle. El aire dentro de la cabina todavía olía a nosotros, a ese sudor pegajoso y a la urgencia que nos había dejado vacíos. Pero la carretera no perdona los descuidos.

Fue un segundo. Un camión de carga apareció en la curva, invadien
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