El final de la tarde vestía el cielo con pinceladas doradas y rojizas, como si el sol se resistiera a despedirse, pintando cada nube de fuego y ternura. La brisa suave traía consigo el perfume dulce de las flores del jardín: rosas abiertas, jazmines derramando su delicadeza en el aire, y el sonido distante de las carcajadas de Aurora, que corría por el patio con Antonella muy cerca, en un alegre juego de persecución.
El auto negro de Lorenzo se estacionó en la entrada con suavidad, pero su cora