El final de la tarde vestía el cielo con pinceladas doradas y rojizas, como si el sol se resistiera a despedirse, pintando cada nube de fuego y ternura. La brisa suave traía consigo el perfume dulce de las flores del jardín: rosas abiertas, jazmines derramando su delicadeza en el aire, y el sonido distante de las carcajadas de Aurora, que corría por el patio con Antonella muy cerca, en un alegre juego de persecución.
El auto negro de Lorenzo se estacionó en la entrada con suavidad, pero su corazón latía con fuerza. Llevaba en los brazos dos bolsas de compras y, apoyada contra la cadera, una caja más pequeña, misteriosa, que parecía contener no solo algo material, sino un gesto de amor cuidadosamente planeado.
En la galería, Isabella lo esperaba. Vestía un sencillo vestido de algodón azul claro que parecía hecho para ella, realzando la suavidad de su piel y el brillo sereno de sus ojos. Al verlo acercarse, la sonrisa se le escapó espontánea, iluminándole el rostro con un calor que Lore