El reloj marcaba casi el final de la mañana cuando Lorenzo se apoyó en la mesa de reuniones de su despacho, con el gesto cerrado y la mirada fija en el amigo frente a él. Marco estaba sentado, girando lentamente el bolígrafo entre los dedos, absorbiendo cada palabra que Lorenzo acababa de decir.
—Ella lo contó todo… —dijo Lorenzo, con la voz grave y firme—. Fue Vereda. Isabella no quiso decirlo al principio, pero ayer lo admitió. Ella la empujó.
Marco se inclinó hacia adelante, y su expresión se tornó más sombría.
—Esa víbora… —murmuró, con el tono cargado de rabia—. Esto no puede quedar impune, Lorenzo.
—No va a quedar —respondió él—. Quiero pruebas. Quiero que pague por cada segundo de sufrimiento de Isabella… y por el riesgo al que expuso a mi hijo.
Marco apoyó los codos sobre la mesa y lo miró con determinación.
—Puedo conseguir las imágenes de las cámaras de la calle y de los comercios cercanos. Si estuvo allí, va a aparecer.
Lorenzo asintió, respirando hondo, sin lograr ocultar