La tarde caía lentamente sobre la granja, coloreando el cielo con un espectáculo de tonos dorados, anaranjados y lilas que se reflejaban en los campos. El balcón principal estaba envuelto por una luz suave que hacía todo mágico, casi intocable. Isabella estaba apoyada en la barandilla de madera, con la mirada perdida en el horizonte, pero el corazón latía acelerado, como si sintiera que ese día guardaba algo especial.
Ante él, una escena que parecía salida de un sueño: Lorenzo, montado en su caballo, sostenía a Benjamín con cuidado. El bebé vestía un traje de vaquero, pantalones vaqueros, camisa a cuadros y un pequeño sombrero que insistía en caer sobre los ojitos verdes. Junto a ellos, Aurora cabalgaba orgullosa sobre Pingo, con sus botines de cuero, los pantalones bordados con delicadas flores y una camisa floreada que traducía su alegría natural.
El viento soplaba suave, llevando el olor de hierba recién cortada, madera húmeda y flores silvestres. Isabella cerró los ojos por un ins