El sol de la tarde doraba los campos de la hacienda, tiñendo el horizonte con tonos de cobre y miel. El viento soplaba suave, levantando pequeñas nubes de polvo que se perdían a lo lejos, acompañando el sonido rítmico de los cascos sobre la tierra batida. Lorenzo Velardi, imponente sobre el caballo de pelaje castaño, llevaba en brazos un pequeño tesoro: su hijo Benjamim, vestido como un auténtico vaquero en miniatura.
El niño, de mejillas sonrosadas y ojos curiosos, llevaba unos diminutos jeans que apenas lograban cubrir sus inquietos piecitos, una camisa a cuadros azul y blanca que le daba un aire encantadoramente adulto y, sobre la cabeza, un sombrero de vaquero que insistía en deslizarse hacia adelante, casi cubriéndose los ojos. Lorenzo reía bajo cada vez que el hijo, con sus manitas regordetas, intentaba acomodar el sombrero, como si tuviera plena conciencia de que aquello formaba parte de su “misión” de vaquero.
Sosteniendo al pequeño con firmeza, Lorenzo transmitía seguridad. S