Mundo ficciónIniciar sesiónDos desconocidos. Un taxi bajo la lluvia. Y un error que reescribirá el destino de dos imperios. Amara es una arquitecta de éxito que ha diseñado su vida con la misma precisión que sus edificios. Decidida a ser madre bajo sus propios términos , elige la inseminación artificial para traer al mundo un heredero que sea el espejo de su propia identidad. Aslan Burke es el "Rey del Egeo", un magnate griego cuya arrogancia solo es superada por su poder, guarda su material genético en una clínica de élite como quien custodia el tesoro más valioso de su linaje. El destino los cruza por primera vez en las calles de Londres. Pero la verdadera colisión ocurre días después, cuando una verdad catastrófica sale a la luz: .un error humano en el laboratorio ha intercambiado los códigos de los donantes. Amara no lleva al hijo que planeó; lleva al heredero de los Burke. Él reclama el control total; ella reclama su cuerpo y su independencia. En una lucha de poder que se extiende desde los rascacielos de la City de Londres hasta las villas de Florencia, ambos deberán decidir si el hijo que los une es una declaración de guerra o el puente hacia algo más.
Leer másLa lluvia en Londres no caía, se desplomaba. Amara sintió un leve cosquilleo interno, como el aleteo de un pez atrapado en una red de seda. No era el hambre ni los nervios; era ese recordatorio rítmico que llegaba justo a la mitad del camino, ahora que cruzaba el quinto mes.
Aunque bajo el abrigo de cuero seguía pareciendo la misma mujer esbelta de siempre, ella caminaba con la cautela de quien custodia un tesoro que ya ha empezado a reclamar su propio espacio. Lamentó no haber salido en su auto; debió haberlo previsto, pero no imaginó que el sol de la mañana desaparecería tan rápido bajo una lluvia tan violenta.
—¡Taxi! —gritó, extendiendo el brazo con una desesperación que rara vez se permitía.
Un Toyota negro con la luz amarilla encendida se desvió hacia la acera, cortando el muro de agua que caía sobre la calle. Amara corrió, protegiendo su bolso de diseño bajo el brazo, estiró la mano y aferró la manija trasera derecha.
En un movimiento perfectamente coreografiado por el azar, ambas puertas traseras se abrieron al unísono.
Amara se quedó congelada con la puerta a medio abrir. Al otro lado del coche, una mano enguantada en cuero negro sostenía la manija opuesta. A través de la penumbra del interior del taxi y el rastro de lluvia en los cristales, dos miradas se encontraron en una disputa silenciosa por el asiento seco
—¡Perdone! —gritó Amara a través del rugido de la lluvia—. ¡Yo lo pedí primero!
La puerta se abrió finalmente y ella se metió en el asiento de atrás, empapada y furiosa, solo para encontrarse con que el hombre ya estaba sentado en el otro extremo, sacudiéndose el agua de los hombros de un traje que costaba más que el alquiler de su estudio.
—Salga de mi taxi —dijo Aslan Burke. No fue una petición; fue una instrucción directa, dada con esa voz de barítono que solía silenciar salas de juntas enteras.
Amara se quedó congelada un segundo, impactada por la presencia del hombre. Tenía unos ojos de un azul tan cortante que por un momento olvidó la lluvia. Pero Amara Leoni no era de las que se dejaban intimidar por una mandíbula cuadrada y una mirada de hielo.
—¿"Su" taxi? —Amara se acomodó en el asiento, cerrando la puerta con un golpe seco—. Yo puse la mano en la manija antes de que usted terminara de decidir si mojarse o no su preciada corbata de seda. Así que, a menos que sea el conductor, el que sobra aquí es usted.
Aslan se giró lentamente hacia ella. La luz de las farolas de la calle entraba por la ventana, bañando el perfil helénico de su rostro. Estaba acostumbrado a que las mujeres bajaran la mirada, a que tartamudearan. Pero esta mujer de piel canela y ojos negros lo estaba mirando como si él fuera un estorbo en su camino.
—Tengo una reunión de mil millones de euros en diez minutos —dijo Aslan, inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio con el aroma a lluvia y a un perfume de poder—. Mi tiempo no es algo con lo que usted quiera jugar, señorita...intrusa.
—Y mi tiempo es igual de valioso, señor "Mil Millones". Además —ella le dedicó una sonrisa cargada de veneno—, usted se ve lo suficientemente fuerte como para caminar. Yo estoy embarazada.
Aslan se tensó. Su mirada bajó instintivamente al vientre de ella, bajo el abrigo mojado.
—Un truco barato —masulló Aslan, aunque su tono perdió un gramo de su dureza—. Pero efectivo.
—No es un truco. Es una realidad —replicó Amara, aunque por dentro sentía un escalofrío—. Conductor, a Shoreditch , por favor.
—De eso nada —intervino Aslan, mirando al chofer que observaba la escena por el retrovisor con los ojos como platos—. Vamos a la City. Edificio Burke. Y si llega en cinco minutos, la propina será mayor que su salario semanal.
——¡Shoreditch! —exclamó Amara—. ¡Y no se deje comprar por este aristócrata de pacotilla!
El taxista suspiró.
—Miren, o se ponen de acuerdo o se bajan los dos. No tengo toda la noche.
Amara y Aslan se miraron. El odio era mutuo, pero la atracción involuntaria era inevitable. Había una vibración en el aire, una frecuencia de poder que ambos reconocían. Eran dos depredadores en una jaula de dos metros cuadrados.
—Bien —dijo Aslan, recostándose en el asiento y acomodando sus largas piernas—. Vamos primero a Shoreditch. Pero si intenta hablarme durante el trayecto, la arrojaré por la puerta en marcha.
Amara soltó una carcajada amarga.
—Créame, señor, lo último que quiero es escuchar el sonido de su ego. Conduzca.
El taxi arrancó. Durante veinte minutos, el silencio fue absoluto, roto solo por el sonido de los limpiaparabrisas. Amara miraba por la ventana, sintiendo la presencia masiva de ese hombre a su lado. Era guapo, de una manera que dolía mirar, pero exudaba una arrogancia que la ponía enferma.
Aslan, por su parte, fingía mirar su teléfono, pero por el rabillo del ojo observaba el perfil de Amara. Había algo en su altivez, en la forma en que mantenía el mentón en alto a pesar de estar empapada, que le recordaba a las reinas de las leyendas de su tierra.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio de Amara, ella abrió la puerta sin esperar a que él se moviera.
—Espero que su reunión sea un desastre —dijo ella antes de bajar.
Aslan la miró desde la penumbra del coche.
—Y yo espero que no vuelva a cruzarse en mi camino.
Amara cerró la puerta con fuerza y corrió hacia el portal. Aslan observó cómo entraba, su figura desapareciendo tras las puertas de cristal.
—Vaya mujer más insufrible —murmuró Aslan.
—Vaya tipo más insoportable —murmuró Amara al subir al ascensor.
—Ya ha tenido suficiente espectáculo por hoy —le soltó al taxista con un tono que heló la sangre del hombre—. Ahora, recupere el tiempo que esa mujer me ha hecho perder. Lléveme a la City, Bishopsgate 22, al Edificio Burke. Y no me importa cuántos semáforos tenga que saltarse; si no estoy en la entrada en cinco minutos, puede olvidarse de la propina y empezar a buscarse otro oficio. ¡Acelere!
El taxista, sin mediar palabra y aterrorizado por la mirada que veía por el retrovisor, hundió el pie en el acelerador. El coche rugió, salpicando agua hacia las aceras mientras se perdía en la penumbra de la tarde londinense. Cuando el coche giraba en la esquina para enfilar la avenida hacia el centro financiero, las luces de neón blanco de la entrada del edificio iluminaron el habitáculo.
Aslan desvió la mirada hacia la fachada por pura inercia. Sobre el cristal templado de la entrada, grabado en letras de acero cepillado y retroiluminado con una elegancia fría, leyó el nombre:
LEONI STUDIO | Design & Architecture
El silencio en el comedor solo era interrumpido por el roce de la platería sobre la porcelana fina. Victoria observaba a Aslan con esa mirada que lo escaneaba todo: su cansancio, su nudo de la corbata, su falta de apetito.—Has estado distraído, Aslan. Casi parece que tu mente está en otro lugar... o con otra persona —soltó Victoria, dejando su copa de vino en la mesa con una elegancia ensayada—. Supongo que es mucho pedir que tu madre tenga tu atención completa una noche a la semana.Aslan suspiró sin levantar la vista de su plato.—Vine a cenar, madre. Como todas las noches. ¿No es eso suficiente?—Lo será cuando haya alguien más en esta mesa. Global Burke necesita un heredero, Aslan. No podemos dejar el futuro del imperio en el aire. ¿Para cuándo piensas darme un nieto?Aslan no respondió de inmediato. Un silencio denso cayó sobre la mesa, pero en su mente, el ruido era ensordecedor. Por un instante, la pregunta fue reemplazada por el recuerdo de aquel laboratorio de paredes blanc
Amara salió del edificio Burke Global y el aire frío de Londres la golpeó de frente. Caminó con paso firme hacia el estacionamiento subterráneo hasta llegar a su vehículo.Necesitaba alejarse de ese edificio, de ese hombre y de la extraña agitación que le había dejado su cercanía. Todavía sentía un vuelco en el estómago que no lograba explicar, un nerviosismo eléctrico que la desarmaba.¿Qué te pasa, Amara?, se recriminó en silencio mientras apretaba el paso. Ni se te ocurra dejarte llevar por lo que estás pensando.Una vez dentro del auto, el silencio del habitáculo la envolvió. Apoyó la frente contra el volante un segundo, intentando procesar el caos de los últimos veinte minutos. El destino no sólo tenía sentido del humor; disfrutaba jugando con cartas marcadas.Justo cuando metía la llave en el contacto, su teléfono empezó a vibrar en el soporte. Era su madre, Elena Lioni. Amara exhaló un suspiro largo antes de contestar.—Hola, mamá.—Amara, querida. Te llamo porque anoche soñé c
Amara caminó hacia las puertas dobles de roble. Inspiró hondo y entró.La oficina era un santuario de minimalismo y poder. Al fondo, de espaldas a ella, un hombre contemplaba el Támesis. Su presencia llenaba la habitación; era una masa de hombros anchos y una elegancia peligrosa envuelta en un traje gris.—Dimitrius dice que es imposible —dijo el hombre, sin girarse. Su voz de barítono hizo que los vellos de los brazos de Amara se erizaran—. Pero si usted ha llegado hasta este piso, es porque ese par de... ancianos, me aseguran que usted puede con este proyecto. Yo solo espero que no sea otra pérdida de mis valiosos minutos.—Si sus minutos son tan valiosos, deje de hablarle al cristal y hable con la mujer que va a salvar su puerto, señor Burke —replicó Amara, cruzándose de brazos.El hombre se tensó. Se giró con una lentitud calculada, como un depredador que reconoce un aroma familiar. Cuando sus ojos se encontraron, el aire pareció electrificarse.Amara sintió que el suelo desaparec
La luz grisácea de la mañana se filtraba por los amplios ventanales industriales de Leoni Studio, en el corazón de Shoreditch. Amara cruzó el umbral de su oficina, pero sus pasos se detuvieron antes de llegar al escritorio. Allí, rompiendo la armonía de sus planos y maquetas, descansaba un sobre de color negro azabache, con un sello de lacre plateado que brillaba con una elegancia gélida. Antes de que pudiera acercarse, la puerta se abrió de nuevo.—Acaba de llegar esto, Srta. Leoni —dijo Catherin, su secretaria, asomando la cabeza con una expresión de curiosidad contenida—. Lo trajo un mensajero privado y, por el uniforme que vestía, parece venir de alguna instancia de alto nivel. Se veía... importante.—¿Burke Global? —murmuró para sí misma, pasando la yema del dedo por el relieve del sello.Leyó el mensaje en silencio, sintiendo el peso de cada palabra:Se solicita la presencia de la Arquitecta Amara Leoni en la Torre Burke, Piso 80, hoy a las 14:00 horas para una entrevista de car
La sala de juntas en el piso 80 de la Torre Burke en Londres estaba a una temperatura glacial, pero el ambiente ardía. El aroma a café cargado y a miedo era casi palpable. Al frente de la mesa de mármol de Carrara, Aslan Burke no gritaba; no lo necesitaba. Su silencio era más pesado que cualquier insulto.Aslan se inclinó hacia adelante, dejando que la luz del atardecer golpeara sus rasgos helénicos. Tenía una mandíbula que parecía esculpida en granito y unos ojos de un azul tan profundo y frío que recordaban a los glaciares del Egeo. Su herencia griega se manifestaba en esa elegancia antigua, pero su actitud era la de un conquistador moderno que no aceptaba prisioneros.—¿Me están diciendo —comenzó Aslan, su voz era un barítono suave que hizo que los tres socios frente a él se tensaran— que han perdido la licitación del puerto de Salónica porque decidieron ser "prudentes" con el presupuesto?—Aslan, los costos se elevaron un quince por ciento... —intentó explicar Stavros, un hombre v
Amara salió a la calle a trompicones. El cristal de las puertas automáticas se cerró tras ella con un siseo que sonó a sentencia.—Señorita, ¿se encuentra bien? —Un transeúnte se detuvo frente a ella—. Está pálida.Amara lo miró sin verlo realmente.—Estoy... perfectamente —logró decir, aunque su voz sonaba como si viniera de otro planeta.—No parece. ¿Quiere que la lleve a algún sitio?—No. Gracias…Estoy bien.Siguió caminando. Sus zapatos golpeaban el asfalto con un ritmo frenético. Se detuvo en un escaparate y vio su reflejo. De pronto, la voz de su madre inundó su mente, tan clara como si estuviera allí de pie.Amara cerró los ojos y recordó la tarde en que le soltó la noticia. Estaban en el jardín de la villa familiar en Florencia, una propiedad de techos altos y muros cargados de historia donde el tiempo parecía haberse detenido. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de los jazmines en flor, un ambiente que Elena Lioni intentaba mantener s





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