Mundo ficciónIniciar sesiónDos desconocidos. Un taxi bajo la lluvia. Y un error que reescribirá el destino de dos imperios. Amara es una arquitecta de éxito que ha diseñado su vida con la misma precisión que sus edificios. Decidida a ser madre bajo sus propios términos , elige la inseminación artificial para traer al mundo un heredero que sea el espejo de su propia identidad. Aslan Burke es el "Rey del Egeo", un magnate griego cuya arrogancia solo es superada por su poder, guarda su material genético en una clínica de élite como quien custodia el tesoro más valioso de su linaje. El destino los cruza por primera vez en las calles de Londres. Pero la verdadera colisión ocurre días después, cuando una verdad catastrófica sale a la luz: .un error humano en el laboratorio ha intercambiado los códigos de los donantes. Amara no lleva al hijo que planeó; lleva al heredero de los Burke. Él reclama el control total; ella reclama su cuerpo y su independencia. En una lucha de poder que se extiende desde los rascacielos de la City de Londres hasta las villas de Florencia, ambos deberán decidir si el hijo que los une es una declaración de guerra o el puente hacia algo más.
Leer másJack se congeló con el dedo estirado sobre el metal curvo del gatillo. Sus pupilas, dilatadas por la adrenalina y la penumbra, se contrajeron al enfocar el rostro de la mujer que tenía a escasos centímetros. La mirada de Amara ya no bailaba en el vacío; era un par de dagas de acero templado que le atravesaban la frente. El silencio que se produjo en el sótano fue tan súbito y espeso que el borboteo del agua negra colándose por la escotilla cobró el volumen de un torrente ensordecedor.Gregory, que seguía con la pistola húmeda apuntando a la espalda de Jack, dejó caer la mandíbula. El arma le vibró en la mano, salpicando diminutas gotas de agua sucia.—La... la loca —tartamudeó el chofer, dando un paso atrás, hundiéndose hasta las pantorrillas en la inundación—. No está rota, Jack. ¡Nos ha estado escuchando todo el puto tiempo!—¡Imposible! —chilló Khostas Varkas. El magnate dio un traspié, buscando apoyo en la columna de hormigón descascarado. Su orgullo aristocrático terminó de pudri
El eco sordo de las sirenas en la superficie golpeaba el hormigón agrietado como el latido de un gigante agonizante. Amara, con la espalda firmemente apoyada contra la pared húmeda, respiraba bocanadas cortas y dolorosas a través de la densa trama del trapo sucio. Sus ojos, ya libres de la opacidad impuesta por el fingimiento, fijos en la compuerta metálica que Khostas Varkas y sus hombres habían sellado hacía apenas un par de minutos, brillaban con una lucidez feroz. Sabía que cada segundo que pasaba la acercaba más a Aslan, y que la agonía de sus ligaduras pronto sería sustituida por el abrazo del rescate. El aire denso del sótano apestaba a moho, a óxido y al miedo que los criminales habían dejado flotando en su precipitada huida.Entonces, el mundo pareció detenerse. Un crujido espantoso, agudo y metálico, desgarró el zumbido de las sirenas lejanas. No procedía de las escaleras de hierro que conducían a la superficie, sino del suelo. Al fondo de la estancia, los goznes oxidados de
—¡Cierra el pico, maldita loca! ¡Que te calles! —rugió Gregory mientras con la mano le presionaba un trapo sucio contra los labios, sellando la "reja" de sus lamentos. —¡No... por favor, la niña no! ¡Si se despierta va a llorar! ¡Déjame!—¡Ponle el trapo de una puta vez!—¡No... déjame! ¡Aslan, el perro... Ares! ¡No toques a mi bebé!—¡Sujétale los brazos, Gregory! ¡Muérdete la lengua, perra!—¡Quita... suéltame! ¡No...!¡ZAS!El sonido seco del puño de Gregory impactando contra el pómulo de Amara resonó en las paredes de cemento. Su cabeza rebotó con violencia contra el suelo húmedo. El muñeco voló por el aire, cayendo a unos metros sobre el lodo.Amara se quedó inmóvil, boca arriba. La agudeza del dolor en la sien derecha fue como un relámpago que rasgó la densa niebla de su cerebro. Parpadeó despacio. El sabor metálico de la sangre inundó su boca. Miró el techo agrietado, la bombilla parpadeante, las cuerdas que ahora le quemaban las muñecas. «Khostas Varkas», pensó, y una descarg
—Habla —exigió Aslan. Su voz no era un grito; era un siseo gélido que cortaba la niebla—. ¿Dónde está?El hombre, con el antebrazo destrozado por la mandíbula de Ares, tragó saliva, mirando de reojo al gigantesco Gran Danés que mostraba los colmillos salpicados de sangre a pocos centímetros de su rostro.—Se... se va —consiguió articular el mercenario, con los dientes castañeando por el dolor y el miedo—. El jefe se va a fugar al extranjero. Ya está todo preparado.Aslan presionó el cañón de la pistola contra el tabique del delincuente, hundiéndoselo con saña. El cañón frío, aún tibio por el disparo anterior, hizo que el hombre se quedara rígido.—¿Cómo? —inquirió Aslan, con los ojos inyectados en sangre—. ¿Por dónde va a salir? ¿Cuándo? ¡Dame los detalles!—¡No lo sé! ¡Se lo juro por mi madre que no lo sé! —exclamó el delincuente, con la voz quebrada por el pánico genuino—. A nosotros solo nos dieron la orden de venir a limpiar este perímetro y asegurarnos de que la mujer y la cría d
Último capítulo