El jardín aún estaba impregnado de la alegría de hacía pocas horas. La hierba aplastada, marcada por carreras y caídas despreocupadas, delataba que allí se había vivido un día de pura felicidad. El aire llevaba el perfume suave de las flores del cantero, mezclado con el aroma de la tierra húmeda, mientras el cielo, ya teñido de tonos azul oscuro, comenzaba a ceder espacio a las primeras estrellas.
En la galería, Aurora y el pequeño cachorro dormían profundamente, uno junto al otro. La niña estaba recostada sobre un colchón improvisado, con las mejillas levemente sonrojadas por el sol y por la risa incesante de los juegos. A su lado, el perrito respiraba con un ritmo tranquilo, su pancita subiendo y bajando, como si soñara con las corridas del día. Una manta ligera los protegía de la brisa que empezaba a soplar, trayendo consigo el canto de los grillos y el susurro perezoso de las hojas de los árboles alrededor de la casa.
Isabella cerró la puerta de la galería con sumo cuidado, asegur