El jardín aún estaba impregnado de la alegría de hacía pocas horas. La hierba aplastada, marcada por carreras y caídas despreocupadas, delataba que allí se había vivido un día de pura felicidad. El aire llevaba el perfume suave de las flores del cantero, mezclado con el aroma de la tierra húmeda, mientras el cielo, ya teñido de tonos azul oscuro, comenzaba a ceder espacio a las primeras estrellas.
En la galería, Aurora y el pequeño cachorro dormían profundamente, uno junto al otro. La niña esta