La habitación estaba sumida en silencio, iluminada apenas por los suaves haces de luz que se filtraban por las rendijas de las cortinas de lino blanco. El aire era tibio y estaba impregnado de un delicado perfume de lavanda proveniente del difusor en la esquina. Isabella aún permanecía recostada sobre el pecho de Lorenzo, el cuerpo completamente relajado, con la respiración lenta y profunda, intentando controlar un corazón que por fin había encontrado un ritmo sereno.
Lorenzo, por su parte, deslizaba los dedos con ternura entre los mechones sedosos de su cabello, dibujando pequeños círculos perezosos sobre la piel de su nuca. Su sonrisa era serena y satisfecha, una de esas sonrisas silenciosas que solo Lorenzo tenía, el tipo de sonrisa que delataba paz, placer y un amor que no necesitaba palabras.
Por un instante, parecía que el mundo entero cabía allí: el sonido suave de la respiración de ambos, la brisa entrando por la ventana y el pulso tranquilo de dos corazones que se habían enco