Denisse llevaba varios minutos mirando el mismo punto de la ventana sin realmente verlo. Afuera, la ciudad seguía su curso normal, indiferente a los nudos que se le formaban en el pecho desde hacía días. El cuerpo ya no le dolía tanto como antes, pero había heridas que no se curaban con reposo ni medicamentos.
Noah la observó desde la puerta de la cocina, sin interrumpirla de inmediato. La conocía lo suficiente para notar cuándo estaba cansada de algo más profundo que el trabajo o los problemas externos. Finalmente, se acercó y apoyó una mano suave sobre su hombro.
—¿Qué dices si salimos a comer? —propuso—. Los tres.
Denisse parpadeó y lo miró, algo sorprendida.
—¿Ahora?
—Ahora —asintió él—. Fred también necesita despejarse. Y tú… —hizo una pausa— tú también.
Ella dudó unos segundos, pero al ver la expresión sincera en el rostro de Noah, terminó asintiendo.
—Está bien.
Fred, que escuchaba desde el pasillo, apareció de inmediato.
—¿Salir? —preguntó con entusiasmo contenido.
—Salir —con