El timbre que anunciaba el final de la clase resonó en los pasillos de la escuela como un eco lejano. Denisse permaneció de pie junto a la pared, observando a los niños salir en grupos ruidosos, riendo, empujándose, discutiendo por nimiedades que a esa edad parecían el fin del mundo. Mochilas demasiado grandes para cuerpos pequeños, voces agudas, risas sinceras.
Y entre todos ellos, Fred.
Caminaba despacio, con los hombros tensos, evitando mirar a los lados. No buscaba a nadie. No sonreía. No era el niño curioso y parlanchín que ella conocía, sino alguien que parecía cargar un peso demasiado grande para sus diez años.
Denisse sintió un nudo en el pecho.
—Fred —lo llamó con suavidad.
El niño levantó la vista de inmediato. Sus ojos se iluminaron por un segundo, pero la luz se apagó casi tan rápido como había aparecido.
—Hope… —corrigió él en automático, como si aún le costara llamarla Denisse después de tanto tiempo.
Ella negó con la cabeza y se acercó.
—Ven conmigo un momento, ¿sí?
Fre