La tercera noche cayó sobre la montaña como un telón de plomo. No hubo transición suave entre la tarde y la oscuridad, la tormenta simplemente apagó la poca luz gris que quedaba, dejando a la cabaña suspendida en un vacío negro y aullante.
El teléfono satelital seguía sobre la mesa, mudo, burlándose de Aurora con su silencio de plástico y circuitos.
Aurora había enviado a los niños a la cama temprano, agotando sus últimas reservas de energía para leerles hasta que el sueño los venció. Ahora, so