El silencio que siguió a las palabras de Marco no fue simplemente la ausencia de ruido, fue la sustracción del aire.
Aurora sintió que la cabaña se encogía, que las paredes de madera se cerraban sobre ella como las tapas de un ataúd. La radio táctica seguía emitiendo un zumbido estático, un siseo vacío que era la única respuesta a la pregunta que le gritaba en la cabeza.
—Inténtalo otra vez —ordenó Aurora, su voz sonando extraña, como si viniera de debajo del agua.
Marco negó con la cabeza, con