El tercer día amaneció sin sol.
De hecho, amaneció sin luz.
La tormenta, que había dado un respiro engañoso durante la noche, había regresado con una violencia redoblada, sepultando la cabaña bajo un manto blanco que cubría las ventanas hasta la mitad.
El mundo exterior había dejado de existir, solo había un remolino infinito de viento y hielo que golpeaba las paredes de troncos como si quisiera derribarlas para reclamar a los intrusos que se escondían dentro.
Pero la verdadera tormenta estab