La propiedad segura, con sus muros de hormigón y sus cristales blindados, se había convertido en una ruina de lo que alguna vez fue. Aunque los muros seguían en pie, la sensación de inviolabilidad se había derrumbado junto con la primera explosión. El aire en el pasillo destrozado olía a violencia y miedo.
Lorenzo no dió tiempo para el miedo ni para el luto por la seguridad perdida. Su modo de operación había cambiado de defensa estática a movimiento perpetuo.
—Diez minutos —dijo, su voz ronca