La orden de Lorenzo rompió la calma de la sala con la violencia de un disparo.
Aurora no miró atrás. El miedo le inyectó una dosis de adrenalina fría que le permitió moverse antes de pensar.
A su espalda, escuchó a Lorenzo ladrando órdenes a Marco, voces rápidas y letales que se mezclaban con el sonido de cerrojos automáticos cerrándose en la planta baja. Ya no era su prometido. Era el comandante de una fortaleza bajo fuego.
El mundo se aceleró.
La calma de la noche se evaporó ante el aullido