Lena se quedó junto al escritorio, mirando en silencio la puerta que Matteo había cerrado detrás suyo al salir. Sentía que las manos le temblaban ligeramente a los costados. Las palabras de Matteo seguían flotando en el aire viciado, burlándose de ella.
«Hola, amore...»
No fue el tono de un jefe hablando con un subordinado. No fue la voz dura que usaba con Dario o con sus socios. Había sido suave. Íntimo. Cargado de una calidez secreta que Lena creía, estúpidamente, que estaba reservada solo pa