La cena esa noche no fue una comida, sino un campo minado. El silencio en el comedor del ático era tan denso que casi se podía masticar. Lena apenas había tocado su plato. Estaba sentada con la espalda recta, observando a Matteo desde el otro lado de la mesa de caoba.
Él estaba allí, físicamente, pero su mente seguía lejos. Llevaba una camisa negra remangada hasta los codos que dejaba ver sus antebrazos fuertes, y aunque se veía devastadoramente guapo bajo la luz tenue de la lámpara de araña, a