La petición de Lena no fue un ruego, sino una exigencia nacida de un miedo que se negaba a admitir en voz alta.
—Enséñame —dijo, señalando la pistola Beretta negra que Matteo había dejado sobre la mesa de café la noche anterior.
Matteo, que estaba terminando de abotonarse los puños de su camisa blanca inmaculada, se detuvo. Sus ojos cafés se clavaron en ella con una mezcla de sorpresa y rechazo inmediato.
—No.
—Matteo...
—Dije que no, Lena —caminó hacia ella, su presencia llenando el salón—. Ti