Damián llegó al club y estacionó su auto frente a la entrada principal. El lugar estaba en silencio, con un aire de tensión contenido. Apagó el motor, se bajó con rapidez y caminó hacia el lado del copiloto.
Abrió la puerta de golpe.
—Baja —ordenó, tomándola del brazo sin darle opción a replicar.
—¡Oye! —protestó Luna, frunciendo el ceño—. ¡Me estás empezando a hartar! ¿Qué hacemos aquí?
—Solo camina —respondió Damián sin mirarla, su voz baja pero firme como una orden militar.
Ella quiso resist