Entonces se giró hacia Sebastián, bajó aún más la voz y dijo:
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Está bien, jefe —asintió Sebastián, serio, sabiendo que debía estar alerta.
Damián extendió la mano hacia Luna.
—¿Confías en mí?
Ella lo miró a los ojos. Esos ojos que tantas veces la confundían, que la perseguían en sueños… los mismos que le recordaban a aquel lobo blanco.
—Sí —susurró, y colocó su mano en la de él.
Comenzaron a caminar. El bosque los envolvía, sus sonidos, su esencia. Las hojas c