Luna salió de su empresa con paso decidido. La tarde apenas caía, y su rostro, aunque elegante como siempre, mostraba algo más que firmeza: mostraba furia contenida.
Subió a su auto, encendió el motor con fuerza y, mientras conducía, murmuró para sí misma:
—Veamos qué me vas a decir cuando te enfrente, Damián Blackwood. Ya no puedes mentirme.
Las luces de la ciudad iban quedando atrás mientras se dirigía a la zona exclusiva donde se ubicaba la empresa de Damián. Al llegar, bajó de su auto sin t