Emiliano cruzó con paso decidido las puertas principales del hospital. El ambiente olía a desinfectante y silencio contenido. Su chaqueta aún conservaba el aroma del café de la mañana, pero su mente estaba lejos de todo eso. Había una pregunta que no dejaba de repetirse desde la noche anterior: ¿Qué hacía Damián Blackwood allí justo cuando Luna desapareció?
Se acercó al mostrador de recepción, donde una enfermera de cabello castaño recogido en un moño atendía el computador.
—Buenos días, señori