—¡¿Cómo te atreves a incitar una guerra?! —rugió el rey Alfa, su voz resonando como un trueno que hacía temblar los cimientos del salón del trono—. ¿Quién te crees? ¡Mírate! ¡No eres una loba dorada!
El salón se llenó de un silencio tenso, roto solo por el eco de su rugido. Sin embargo, el rey soltó una risa amarga, una carcajada que parecía desafiar la gravedad de la situación. Todos se miraron entre sí, algunos con miedo, otros con incredulidad. Solo Hester mantenía la compostura, sus ojos peq