Los ecos de pasos apresurados resonaron en los pasillos del palacio, pero Jarek lo supo antes de que las puertas del salón del trono se abrieran.
Lo sintió en el aire, ese olor metálico y agrio que traía la traición.
Un guardia irrumpió, pálido, con la respiración entrecortada.
—¡Señor! —exclamó, casi sin aliento—. ¡Ha escapado… el príncipe Aren escapó! ¡Y deambula libre por el palacio!
Un murmullo de horror recorrió la sala. Algunos guardias apretaron los puños, otros se miraron con rabia e inc