Hester cargó a Eyssa en sus brazos, como si fuese un tesoro demasiado frágil para el mundo.
Sus pasos firmes resonaban en los pasillos silenciosos de la manada, hasta llegar a su habitación.
El contacto con ella era fuego, cada latido suyo parecía encenderle la sangre.
Su respiración era entrecortada, el efecto de la droga que aún recorría su cuerpo hacía que sus sentidos estuvieran a flor de piel.
Apenas pudo contenerse cuando posó sus labios sobre los de Eyssa, un beso insistente, desesperado, que ardía como una súplica.
La llevó hasta la cama, inclinándose sobre ella, sus labios descendieron hasta su cuello, probando el calor de su piel, el aroma que lo enloquecía.
Quería sentirla, amarla, reclamarla como suya para siempre.
Pero, de pronto, ella lo apartó. No con brusquedad, ni con rechazo.
Sus manos temblorosas le tocaron el pecho y sus ojos lo atravesaron con una mezcla de deseo y miedo.
Hester se detuvo de golpe.
El lobo dentro de él rugía, exigiendo a gritos que la tomara, que