Hester cargó a Eyssa en sus brazos, como si fuese un tesoro demasiado frágil para el mundo.
Sus pasos firmes resonaban en los pasillos silenciosos de la manada, hasta llegar a su habitación.
El contacto con ella era fuego, cada latido suyo parecía encenderle la sangre.
Su respiración era entrecortada, el efecto de la droga que aún recorría su cuerpo hacía que sus sentidos estuvieran a flor de piel.
Apenas pudo contenerse cuando posó sus labios sobre los de Eyssa, un beso insistente, desesperado,