Eyssa siguió a las mujeres, aunque cada paso le resultaba amargo.
Su instinto, esa voz profunda que pertenecía tanto a ella como a su loba, le gritaba que aquellas dos no eran más que veneno.
Irina, con su sonrisa torcida, destilaba intrigas como el veneno de una serpiente; y la Reina Luna, quien debía ser guía, protectora y madre de la manada, se mostraba ante ella como un ser ruin y cruel.
Aquella mujer, que debería nutrir a los suyos con amor y justicia, en cambio, exudaba rencor y oscurid