Eyssa siguió a las mujeres, aunque cada paso le resultaba amargo.
Su instinto, esa voz profunda que pertenecía tanto a ella como a su loba, le gritaba que aquellas dos no eran más que veneno.
Irina, con su sonrisa torcida, destilaba intrigas como el veneno de una serpiente; y la Reina Luna, quien debía ser guía, protectora y madre de la manada, se mostraba ante ella como un ser ruin y cruel.
Aquella mujer, que debería nutrir a los suyos con amor y justicia, en cambio, exudaba rencor y oscuridad.
El silencio en el pasillo era denso, cortante. Entonces, una figura apareció en su camino. La consorte Mahi, madre del príncipe Hester, se interpuso con gesto firme.
—¿A dónde van, Reina Luna? —preguntó con voz firme, aunque en su mirada se asomaba ya la desconfianza.
Bea, la Reina Luna, ni siquiera dudó. La fulminó con una mirada cargada de veneno y resentimiento, como si Mahi fuese la raíz de todos sus males.
—¿Cómo has educado tan mal a tu cachorro, mujer? —escupió con desprecio—. Parece