Heller sonreía satisfecho, sentado a la derecha de su hermano.
Ambos habían recibido la solemne bendición de los sabios, un rito ancestral que los preparaba para el vínculo conyugal y para el papel que desempeñarían en la manada.
Los ancianos habían invocado a la Diosa Luna, pidiendo prosperidad, descendencia y poder para los dos príncipes.
Pero mientras Hester escuchaba las palabras con reverencia, su corazón lleno de esperanza por el mañana, Heller solo pensaba en la venganza.
Cada frase de los sabios le sonaba hueca, cada bendición un veneno más que alimentaba su resentimiento.
Porque nada le dolía más que saber que su hermano se uniría a Eyssa, la loba que él había rechazado y destruido, ella era el camino perfecto para ser un rey y él la había perdido.
Una vez concluido el ritual, los llevaron a otra habitación.
La atmósfera allí era distinta: el aire estaba impregnado de incienso, de un aroma espeso y embriagador que parecía querer colarse bajo la piel.
Las velas ardían con una l