Minah estaba al borde del colapso.
La habían arrastrado de vuelta a su celda como a un animal, sin permitirle ver ni por un segundo a su hijo.
Gritaba, lloraba, se golpeaba el pecho con desesperación. Su loba interior no dejaba de aullar, desgarrada, encadenada al dolor.
—¡Mi cachorro! ¡Déjenme verlo, por favor! —clamaba con la voz hecha jirones.
El eco de su desesperación retumbaba por los fríos pasillos de piedra, pero nadie respondía. Nadie sentía compasión.
Nadie... excepto tal vez Elara.
“S