Narella no retrocedió ni un solo paso. Su respiración era intensa, el pecho subía y bajaba con violencia, y dentro de ella, su loba interior rugía, salvaje y triunfante. La vibración de la furia contenida la recorría entera, como si estuviera a punto de explotar en un estallido de colmillos y fuego.
—¿Yo? —su voz cortó el silencio como una daga afilada—. ¿De qué estás hablando, Selith? ¿Qué insinúas? ¿Acaso me acusas a mí de algo? Yo no hice daño alguno. A menos que... —sus ojos brillaron con un