En el palacio, la noche era espesa y silente.
Las estrellas parecían haber desaparecido del cielo, como si presintieran lo que se avecinaba. Alessander yacía en su lecho, pero el sueño no le ofrecía descanso.
Cerraba los ojos solo para caer en la trampa cruel de sus pesadillas.
En su visión, no era hombre, sino bestia. Su lobo interior, Persedon, había tomado el control y corría sin aliento por un sendero oscuro, húmedo y cubierto de sombras. El bosque parecía cerrarse a su paso, como si quisier